lunes, 24 de agosto de 2009

420 euros. Algunas reflexiones sobre crisis económica, derechos ciudadanos y descontento social

Si la dotación financiera del Programa resulta desproporcionadamente ridícula ante la magnitud de la tragedia social a la que que teóricamente viene a traer alivio, la letra pequeña de su articulado no hace sino empeorar su retrato y enfangarlo con la sombra de intereses espúreos. Con su nefasto modelo de retroactividad, que beneficia a los desempleados más recientemente privados de cobertura frente a los desempleados de más larga duración y mayor tiempo de desprotección, lo que hace es contener el impacto de la crisis sobre sus nuevas víctimas (que en general coincide con una segunda oleada de despedidos, los que gozaban de un empleo más estable y niveles medios de renta), a costa de consolidar una ingente bolsa de exclusión social nutrida por los desempleados de larga duración y las primeras y más indefensas víctimas de la crisis (temporales, fijos discontinuos, falsos autónomos...). Invirtiendo la lógica temporal de este Programa, de modo que beneficiase prioritariamente a los desempleados de más larga duración y en situación de mayor necesidad, se trataría de una medida del todo insuficiente, pero que al menos preservaria un signo social inequívocamente positivo. Pero con su lógica temporal actual, que no compensa sino que refuerza los mecanismos de la exclusión social, y que atiza recelos entre desfavorecidos que sólo resultan funcionales a los intereses de los más pudientes, no cabe sino calificarlo de contraproducente. Javier Orduña, director general del Servicio Público Estatal de Empleo, justificaba una decisión tan palmariamente arbitraria y regresiva apelando al más crudo darwinismo social: "El que ha terminado ya sus prestaciones, se supone que ha tenido más oportunidades para encontrar trabajo. Porque, a pesar de la crisis, el mercado de trabajo genera algunos empleos" (El País, 19/08/2009). ¿Y los que, a pesar de todo, por su edad, por su nivel de formación o por otros factores excluyentes, ni lo han encontrado ni tienen perspectiva de encontrarlo? ¿Nada para ellos? Se trata de un escalofriante razonamiento que sin apenas disimulo hace recaer la responsabilidad de la exclusión sobre los propios excluídos, algo que la Dama de Hierro y sus epígonos del neoliberalismo más salvaje podrían suscribir sin dificultades, pero que resulta indignante en un alto funcionario de un gobierno siquiera nominalmente socialdemócrata...

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